Mas allá de dioses y entidades existe una energía que vive a través de todo. Esta energía, la fuente o el uno como se le conoce en diversos textos, es el origen de todo y el lugar hacia donde todo se dirige.

El uno tiene la finalidad de expandirse, lo cual puede lograr a través del autoconocimiento y autoexploración. Como si fuera una fuente de luz que cada vez se hace más y más brillante solo para ver que tanto puede hacerlo alcanzando niveles cada vez mayores de luminosidad.

Es aquí donde entra un concepto muy importante del cual hablaremos a profundidad en otra entrada, se le conoce como contraste.

Para poder lograr su objetivo, la energía que lo sabe, lo tiene y lo es todo debe experimentar su opuesto, la fragmentación. De esta manera la unidad se divide en porciones más pequeñas de sí misma, se disocia creando la ilusión de separación al convertirse en algo a lo que cada uno de nosotros llamamos: Yo.

Fractal

Tu identidad, el ser que responde a tu nombre a tu cuerpo, a tus creencias y emociones es una fractal, una porción de esa energía superior que alguna vez fue el universo mismo. Aún lo eres de hecho, sin embargo con el fin de la expansión el yo tiene la tendencia a rechazar esta parte universal o divina que reside dentro de sí. El uno naturalmente no se reconoce divino pues da paso al ego.

Una vez expuestas estas bases llegamos a premisas importantes: La finalidad o el sentido de la vida, el por qué estás en este mundo físico es claro: estás aquí para ayudar a la expansión. Toda expansión es marcada por el contraste y la finalidad del contraste es sanar, ser feliz.

Estás en esta tierra para ser feliz.

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